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Monje
medieval cristiano:
Para el monje medieval la escritura era una de las
formas de cumplir con el trabajo manual exigido por la regla de san Benito.
Escribir libros había sido una tarea como cualquier otra y, para
los primeros eremitas, incluso una forma más de ganarse el pan.
Considerando un deber, escribir no fue nunca una elección personal:
el derecho a seleccionar a los escribas recaía únicamente
en el abad, quien podía anunciar a la comunidad su decisión
en la reunión capitular.
Ningún monje que hubiese sido designado podía rehusar, nadie
podía iniciar ningún trabajo sin el permiso superior correspondiente
y no era posible intercambiar con otro la tarea que le había sido
asignada.
La rebeldía era por supuesto, objeto de sanciones; los cartujos,
por ejemplo, castigaban a los indóciles privándolos del
vino en las comidas.
La escritura era una disciplina, es decir, una de las formas de sumisión
a dios en la que se expresaba la docilidad espiritual del monje.
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