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 P. Naturales
 


 


Introducción histórica:

a) árabes:
En tiempos de los árabes, el lago ya había perdido 10.000 hectáreas, a base de pequeños robos que nunca fueron delito, es decir, de aterramientos sucesivos que convertían las zonas húmedas en huertas.

b) Edad Media:

En el siglo XIV, la superficie de la Albufera había descendido a poco más de 8.000 hectáreas.
Los huertanos siguieron transformando los marjales en arrozales para, posteriormente, crear huertos y naranjales donde antes alcanzaba el gran lago y, siglos atrás, el pequeño mar.
Transformación en arrozales.
El 5 de Febrero el rey Jaume 1, en 1238, da a la Orden del Hospital una alquería de Alcudia, que hoy es conocida como El Palmar.
Vista de la antigua alqueria El Palmar.
En 1246 el rey concede a los Templarios un renta de 6.000 sueldos sobre el producto de la Albufera.
El 21 de Enero de 1250 - privilegio de Morella - establece la libertad de pesca y de caza de pájaros y, exige tan solo para la pesca una contribución de 1/5 en especie.
Esta ley durará hasta 1857.

Se habla también los impuestos de la sal.
Actualmente, nadie relaciona la Albufera con la producción de sal, a no ser que se fije atentamente en la etimología del término El Saler- que es una de las zonas típicas, turísticas y más renombradas de la Albufera.
Durante cuatro siglos funcionaron unas salinas.

c)Importancia monumental actual:

Es la segunda laguna costera más extensa de la Península Ibérica, después del Mar Menor en Murcia.
Las aguas de la Albufera son dulces, debido al hecho de la cerrazón de la restinga y del aporte de aguas fluviales.
La escasa profundidad de las aguas, apenas de 1 metro, junto a la orilla y entre 3 y 5 en las zonas más profundas, motivó que las brozas y carrizales formaran pequeñas islas llamadas matas.
  Estas improvisadas pistas de aterrizaje para aves, junto con el arroz y otras buenas razones, atrajeron, desde antiguo, aves del Norte y Centro de Europa que proporcionaron a la Albufera una nueva fuente de recursos: la caza.

En los siglos XVIII y XIX era frecuente el paludismo y la zona no era acogedora. Los caminos eran difíciles; apenas existentes.
           Vista de una "mata"
Las barcas tuvieron que suplir las dificultades de transporte terrestre.
Pesca, salinas y la caza eran la base de la riqueza de la Albufera y la Dehesa durante siglos.
La preocupación ecológica no existía, pero sí una conciencia de regulación.
Hoy en día se impone la planificación y la conservación si se quiere mantener el parque natural.
Carlos III dictó unas ordenanzas encaminadas a la regulación de la pesca y de la caza en la Albufera, pero ya mucho antes de su tiempo, era costumbre en estas aguas cazar al acecho mediante puestos, que eran como medio toneles de madera rodeados con boyas con forma de pato como reclamo, conducidos al centro del lago por una barca, en cuyo interior se apostaba el cazador. En honor de don Martín y de doña Catalina, reina gobernadora durante el reinado de Carlos II, se permitía tirar gratis en la Albufera los días de San Martín y de Santa Catalina.

Además de ofrecer sus peces, anidar las aves y ceder terreno a las huertas, la Albufera ha ido, desde antaño, más allá en su generosidad.
El sistema de esclusas que taponan los canales de El Perelló y El Perellonet, por los que el lago desagua en el mar, permite elevar a voluntad el nivel de las aguas y conseguir desbordar la Albufera de forma que alimente los arrozales.
   
El Perelló
El Perellonet
Poco a poco, el lago se ha ido desangrando en beneficio de la huerta.
El Palmar, que era una isla hace apenas cincuenta años, ya no está rodeado por las aguas, aunque conserve barcas que aún huelen a brea y se pasean entre los canales frente a la vieja estampa de las barracas que inmortalizara Blasco Ibañez, literato que exaltaba la vida de estos personajes por estas tierras.
En 1986, el lago y su entorno fueron declarados Parque Natural, de forma que, con cierto retraso, pero con clara justicia, quedaba reconocida la deuda de la Comunidad con la Albufera y su decidida voluntad de protegerla.

Belleza e importancia del paisaje:
A poco de abandonar Valencia camino de Cullera , por la autopista de El Saler, se alcanza la Dehesa y asoma la Albufera como un remanso de paz que brilla con tonos dorados cuando el sol se acuesta en sus aguas frente a las barracas de la playa de El Salero
En los restaurantes de El Palmar y El Perellonet sirven platos con anguilas del lago como el allipebre o la espardenyá.
Al caer la noche, sobre las acequias, una nube de pequeños murciélagos sobrevuelan los arrozales en busca de su diminuto alimento, y con ellos y su extraño y zigzagueante vuelo, la Albufera brinda, mientras refleja la luna, su último gran espectáculo.
En realidad, el aspecto paisajístico tiene mucha importancia y se combina con el valor antropológico, el papel de pulmón urbano y finalmente la delicada e importante función de conservación de las especies animal y vegetal.
La Albufera refleja la luna, "el lluent".

En síntesis, al conquistar Valencia, Jaime I se reservó la Albufera para sí; luego perteneció en parte a los caballeros templarios y a los de la Orden de la Merced; posteriormente pasó a formar parte del patrimonio del conde de Torres; más tarde fue donada a Godoy y finalmente incorporada a la Corona y registrada como propiedad del Estado.